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Del posjuarismo al ejercicio ciudadano


El juarismo es una huella indeleble en la psiquis del santiagueño. Es, además, un cultura que contiene un discurso o modo de relacionarse dentro de un sistema de prebenda y una distribución desigual de los ingresos públicos

Carlos Juárez permaneció en el gobierno santiagueño 16 años y 11 como senador nacional. Es un dato curioso de las provincias del interior del país, pero ¿cómo construyó tanto poder que hoy se sigue hablando de él? La respuesta no resulta automática, aunque si vale la pena desentrañar las tramas o estrategias del poder político y sus aliados, y la estructura mental del santiagueño que, de alguna manera, busca un favor si se adhiere a esta forma de gobernar: la autocracia.
Esta noción se entiende como un sistema de gobierno en el cual la voluntad de una sola persona es la suprema ley. La figura del caudillo es muy común en el siglo XIX, porque de alguna manera la imagen del militar libertador o defensor de los intereses del país son incorporados por la educación inicial y, se podría decir, nunca son cuestionados en el interior de la psiquis del ciudadano hasta que una crisis estalla en la esfera pública, como por ejemplo, el santiagueñazo o la caída de los Juárez.
Pero, ¿qué es el juarismo? ¿Existe algunos rasgos distintivos que perviven en la actualidad? Este artículo intenta acercarse a la problemática y disparar algunas ideas para comprender el fenómeno que se cristaliza en la matriz política del santiagueño.

El poder
Según el filósofo francés Michel Foucault, definió al poder como una cosa que no se posee, sino como un sistema de relaciones sociales. Es decir, el poder se ejerce desde arriba hacia abajo, siempre, tiene un característica particular que circula, nunca está quieto, desde allí construye su redes de acción en el mundo de la política pública, entre otras dimensiones de una sociedad determinada.
Ahora bien, la astucia de Juárez y su forma de relacionarse constituyó una estrategia para acceder al poder político y desde allí trazar los lineamientos de una política asfixiante; como si el terreno provincial fuese un campo y su discurso un entramando de alambres que sirven para cercar y aislar del mundo político.
El juarismo, clara está, es una expresión del modelo de patronazgo, donde el otro (santiagueño) es un objeto de manipulación, un esclavo de ambiciones de poder. La lógica fue destruir al opositor, un buen discípulo de Nicolás Maquiavelo; por otro lado, a los intelectuales los mandó a lavar los platos, al sistema educativo lo mantuvo por décadas sin financiación o lo intervino, atrajo a todos los santiagueños otorgándoles empleo público como un forma de oprimir su dignidad. Sin embargo, estos fundamentos describen un andamiaje caudillesco y mafioso, que el líder transmitió a la sociedad generando el pánico y la inmovilidad política.

La matriz política
Hasta este momento vale la pregunta: ¿El juarismo es una desgracia centenaria? Claro que no, es un proceso de reproducción de las estructuras de dominación (la forma de gobernar) instaladas por décadas por el Estado y sus aliados al poder político: familias celebres, intelectuales, empresas, entre otros. Sin embargo, ¿cuál es la responsabilidad del santiagueño en la construcción de la sociedad?
La respuesta se encuentra, por un lado, en el ejercicio autoritario del poder público que frena toda emancipación de la red de dominación; por otro, en una sociedad, en especial la clase media, incapaz de cuestionar a la dominación política, aunque por algunas décadas o campañas políticas, una cierta falta de visión para construir instituciones políticas al margen del devenir arbitrario y la escasísima petición de reformar la manera de distribuir el ingreso económico en la sociedad.
Por ello, en vez de ensanchar la clase media, el juarismo definió como único eje político el calmar con regalos precarios a los pobres, en vez de solucionar el problema de fondo: la equidad en el reparto de los ingresos y una política pública que garantice libertar ciudadana y educación.
Sin educación no hay inquietudes políticas, ni mucho menos la participación en partidos políticos, como una manera de ejercer la ciudadanía. Por ello, ¿qué cambia el actual modelo político dominante? Sin dudas la decisión de un gobierno por darle más importancia a la ciudadanía, a la educación, en detrimento de paliativo bolsín. Hace falta una caja de herramientas de conocimiento para construir desde abajo una sociedad más justa, independiente en las decisiones y educada.
En consecuencia, ¿quién lleva adelante el primer paso? ¿Quién pone el cascabel al gato? Son preguntas con finales abiertos, pero los partidos políticos minoritarios tienen una oportunidad histórica en las próximas elecciones, 30 de noviembre, ya que el discurso y la acción política sirven para describir todo aquello que condiciona el acenso de los sectores marginales a una mejor calidad de vida.
Finalmente, sin el coraje de las ideas no se alcanza un bien superior; pero si con la convicción del pensamiento y la acción, que son dos elementos indisolubles para que la población adhiera a una transformación, silenciosa, de las creencias y pensamientos instalados en la conciencia de las personas. Sólo así nace o renace el voto crítico capaz de remover el sufragio pasivo que emite la ciudadanía.

CONVERSATION

1 Comments:

  1. Hola Jose, muy buen informe. Te invito a ver mi blog http://melodiadeluniverso.blogspot.com...alli publique una foto de Nina de Juarez con un reconocido personaje de los años setenta .Un brazo grande.

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