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Vigilar y Castigar: ¿fracaso del control criminal?


Primer aniversario de las victimas del Penal de Varones. Breve reflexión por los 25 años de la restauración del orden democrático.

En una oportunidad estaba almorzando con una familia amiga, entonces el padre dijo a los comensales, los que murieron en la cárcel son un estiércol para la sociedad. Casi devuelvo lo ingerido.

Esta expresión cotidiana refleja un signo del prejuicio de clase, es decir una mira de superioridad hacia el delincuente, que es pensado como un inhumano.

Hoy se cumple el primer aniversario de la “masacre”, como los familiares la llaman, en el Penal de Varones, el pasado 4 y 5 de noviembre de 2007. Los medios recuerdan apenas el hecho que por lo menos, según cifras extraoficiales, serían de 40 reclusos fallecidos, como mínimo.


El gobierno de Gerardo Zamora florecía, con obras de infraestructura civil e hídrica en todo el territorio, pero a escasos kilómetros de la Casa de Gobierno, se consumió un hecho sin precedentes en la historia política santiagueña; el motín se llevó puesto al subsecretario de Justicia e intervino la Nación para firmar convenios de política carcelaria.

¿De dónde viene esto de encerrar al que delinque para su recuperación? La historia del encierro es larga, pero Michel Foucault, filosofo francés (1984), explicó en su clásica obra Vigilar y Castigar, como el sistema de políticas penitenciaria apuntan a controlar al sujeto. Sin embargo, al separar al delincuente de la sociedad por su violencia sobre la propiedad o determinados bienes jurídicos, es sometido a una violencia institucional como algo natural. Esta vieja idea de castigar para corregir la conducta está abortada; porque la relación es directa a más violencia o represión, más contraofensiva existirá.

Ahora bien, ¿cuál es la solución?

No se trata de cambiar funcionar al sistema judicial o adecuar el Código de Procedimiento, de hecho es importante, pero hay un plano màs allá de la pirámide de Kensel, se trata de la dimensión social del delito. Entonces, para articular políticas de criminalidad hay que disminuir la desigualdad social y distribuir el ingreso público con mayor justicia; en consecuencia, el bien tutelado (vida, propiedad) estará protegido.

Para imitar
En Mendoza hace unos años, se llevó a cabo una política de erradicar las armas clandestinas de las calles. Muchas personas, sobre todo mujer mandas por los hombres, llevaban las armas de fuego y el Gobierno le entregaba medicina y alimentos. Pero el plan es de largo plazo, ya que muchos de los delincuentes no quieren ingresar al sistema y se mantienen al margen, como un recurso de identidad y resistencia a una política de exclusión permanente.

Para celebrar los 25 años de la restauración del orden democrático, es propicio pensar no sólo lo alcanzado, sino en todo aquello que aún no se consolidó. ¿Cuántas personas no se imaginan verse en la cárcel? Está bien, porque nadie quiere estar detrás del mostrador, pero con un sistema judicial rengo y una política carcelaria inconclusa, no queda otra que adquirir una actitud preactiva para conseguir más derechos, porque nadie regada derechos sino que se los adquiere con la lucha simbólica y política.

Es indudable que la provincia necesita caminos, más energía, administrar los recurso hídricos, más escuelas; pero para crecer también se necesita invertir en calidad institucional, en la capacitación de los recursos humanos.

Para que haya desarrollo económico, social y espiritual (este ajeno de toda política actual) se deben fortalecer a las instituciones, pues cuanto más sólidas sean, más democrática será la socieda.
Imagen: argentina.indymedia.org

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