“Son más instructivos los errores de los grandes intelectos que las verdades de los mediocres”, dijo Napoleón Bonaparte.
Esta frase tiene una falacia intrínseca o interna. ¿Qué es la verdad de un mediocre? ¿El error de un gran intelecto? La verdad es una construcción histórica y con un fuerte sentido de argumentación. Claro está que aquellos que ejercen la función social de pensar o de informar deben estar bajo consideración de la sociedad. Además, Napoleón fue un tirano francés y con aires de expansionista. Él tiene una frase cruel: “Carne de cañón”. Esto significa que mandó al frente de la muerte a varios inocentes.
Napoleón fue un mediocre con aires de intelectual, inspirado en la locura del florentino Nicolás Maquiavelo, en su celebre texto de “El Príncipe”. Allí se puede leer que “el fin no justifica los medios”.
No puede haber instrucción en el error; aunque haya sentido verdad en los mediocres o en los locos. Esto último referido a la locura considerada por el filosofo francés Michel Foulcault, en su clásica obra “El orden del discurso”. Los locos son considerados aquellos que dicen una verdad oculta o un secreto a voces que el grupo social dominante quiere silenciar.
Hay discursos silenciados por el poder y muchas veces los pensadores y periodistas lo acercan a la sociedad con el riesgo de la censura. Pero toda argumentación de sentido tiene su costo social: la exclusión, la autoexclusión y el silenciamiento forzado.
La verdad es una lucha de sentido entre grupos de poder dentro de una sociedad determinada; es decir, que dentro de la estrategia discursiva, del pensador o periodista, aparece un hilo de verdad para que el resto de la comunidad conozca la diferencia entre el error y el dato veraz.
Tal vez el secreto está en ¿cómo liberarse de las trampas del poder y del juego de ser funcional a los intereses del dominio?

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