Abrirse al tiempo de la gracia.
Muchos cristianos sienten que la Cuaresma es un tiempo
de dolor y se asocia –inconscientemente- al sufrimiento. Sin embargo, la gracia
de Dios sopla en los corazones.
La Cuaresma es un tiempo que precede a la Pascua, la
pasión y muerte de Jesús, pero sobreviene la resurrección. Este misterio de la
fe ilumina al cristiano, porque el Señor venció al pecado y la muerte.
La identidad cristiana está en la cruz y la resurrección.
La crucifixión que era un castigo para los malditos de la época, se convirtió
en el esplendor del amor divino, y no en una debilidad. Jesús se entregó a los
verdugos para reconciliarnos con el Padre, y abrir el camino a la verdad
perpetua.
Jesús se encarnó haciéndose hombre, pero sin perder
su divinidad. "Dios es amor, jamás puede basar la relación con el hombre
en el sufrimiento, este es un esquema anticristiano", dice el teólogo Luis
Pérez Bahamonde.
La cruz es una caricia de Dios y en este tiempo
interior es importante volver la mirada al amor infinito y salvífico.
En el amor no hay muerte. La cruz y la resurrección
nos devolvieron la alegría eterna.

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