La muerte de Nisman.
El final del juarismo se produce en abril de 2004.
Santiago del Estero era intervenido por segunda vez en 10 años. El fiscal que
investigó la mafia del oro, Pablo Lanusse, asumía como interventor por doce
meses. Pero a los anti juaristas le costó esta ley, porque el kirchnerismo no
quería bajar a sesionar y dejar atrás al gobierno de Mercedes Aragonés de
Juárez, la primera gobernadora de los santiagueños.
Carlos Arturo Juárez nació un 8 de febrero de 1917 y
falleció el 2 de julio de 2010. El domingo pasado hubiese cumplido 98 años,
nadie se acuerda del cinco veces gobernador de los santiagueños. El abogado
devenido en político, el hombre de la Acción Católica, quien coincidió con el
informante Antonio Musa Azar Curi, quien se encargó de montar una ola del
terror.
Hace una década atrás, lo que hoy sucede en el
Gobierno nacional, sucedía en Santiago del Estero. El carpetazo, la muerte y el
espionaje a opositores: una moneda corriente. Incluso se sospecha –hasta hoy-
de la muerte del obispo Gerardo Sueldo, quien falleció en septiembre de 1998,
un accidente dudoso en ruta 9.
La muerte y el espionaje son las herramientas del
poder para controlar a los opositores. Mucha ilegalidad existe en el interior
del país; el debate por la nueva Agencia Federal de Inteligencia no debe ser
exprés, sino de amplia participación.
El espionaje sube desde las provincias hasta la Casa
Rosada: la muerte de Alberto Nisman destapó una cloaca a cielo abierto y
reclama justicia.
La Argentina vive un proceso de iluminación, porque
la muerte traumática destapa los sentidos. Y todas las instituciones deberán
ser alcanzadas por el sol de justicia.

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