Por Mons. Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata
Me llama poderosamente la atención que se piense que cada
cosa que dice el Papa Francisco está pensada para Argentina. Hoy es un líder
mundial escuchado en todas partes, que incluso ha logrado enormes avances en la
relación de China con el cristianismo, y en definitiva con occidente. Ahora se
está acercando a Japón y Tailandia, con sus milenarias culturas no cristianas.
Por no mencionar cientos de aportes que ha hecho al mundo. Sin embargo, aquí
piensan que se la pasa leyendo los diarios argentinos y pensando en nosotros en
cada cosa que dice.
Cuando te toca ocuparte de la puerta de entrada, no te vas a
sentar al gallinero. Si él se reúne con juristas y opina sobre las prisiones
preventivas –diciendo lo mismo que opinó toda su vida- ya dan por sentado que sólo
lo hace para inmiscuirse en la justicia argentina. Basta que lo diga un
periodista para que luego lo repitan los mismos católicos. Y las redes lo
multiplican, logrando hoy lo que una década atrás no conseguían los grandes
medios. Con un poco de dinero es fácil instalar cualquier cosa, porque de
auténtica cultura crítica hay poco en Argentina.
Escuchando a Francisco he aprendido mucho, pero me asombra
el escaso profesionalismo de quienes repiten muletillas sin investigar un poco
más a fondo su pensamiento y su propia trayectoria. Ahora que ya pasaron las
elecciones, puedo contar que tiempo atrás le escuché hablar muy bien de
Lavagna. Sin embargo, no hubo fotos con él dando vueltas por todos los medios.
Lo mismo ocurre con otras personas que muchos sabemos que él valora bastante
-de distintos partidos políticos- pero que no han aparecido promovidas por él,
como dicen que hace. ¿Cuántos periodistas han sido capaces de descubrir y
analizar esa información?
Ahora también encontraron una muletilla llamándole “populista”,
y hay quienes lo repiten aun sin saber qué significa esa palabra. Un gobierno
populista como el de Salvini en Italia, aprovechaba los peores instintos
xenófobos de la población para conquistar popularidad, pero encontraba un
fuerte escollo en el discurso del Papa, que invitaba a la apertura y a la
acogida de los migrantes. Sin embargo, por este discurso del Papa se lo
considera populista. Resulta que el muro populista de Trump también encontró en
Francisco su más férreo opositor. ¿Pero el populista es el Papa? Dicen que
Francisco alienta la vagancia, cuando pocos como él insisten que un objetivo
fundamental de la política es que haya trabajo para todos, para que no hagan
falta los subsidios. Parece que ni leyeron la única encíclica que él escribió
(Laudato si') y que bastaría para entenderlo.
Ante esta situación uno se pregunta: ¿a quién se le puede
ocurrir que venga a la Argentina, a exponerse y desgastarse inútilmente? A su
edad, seguramente pensará en qué quiere invertir los pocos años que le quedan.
¿Tendría sentido venir aquí a entregarse a una carnicería?
Para darle palos a él se unen, paradójicamente, los
ultraconservadores, los neoliberales más fanáticos y la izquierda troskista,
incluyendo unos cuantos católicos entre los primeros. Y no creo que sea para
defender los valores republicanos. Tienen intereses diversos, pero los junta el
mismo enemigo. Es verdad que la mayor parte de la población lo quiere y lo
respeta. Pero no parece prudente dejar a esa mayoría a merced de quién sabe qué
movida podrían hacer, donde los lobos se unen contra la misma presa, aunque
después se peleen entre sí para quedarse con los restos. Ignoro lo que él
piensa hacer al respecto, pero me parece que la realidad muestra claramente qué
es lo que no le conviene hacer.

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